El sábado pasado estuvimos en Belfast. Y contrariamente a la opinión de las monitoras de la beca, nos encontramos una ciudad interesante y con un montón de cosas que enseñar.
Me levanté a las 6 de la mañana, y preparé la maleta, en modo supervivencia total, es decir, lo imprescindible para pasar una noche fuera.
Mochila al hombro, y al bus. Como ya sabemos, el sistema de transporte en Dublin es un poco inestable, por lo que el bus que debía recogerme a las 7 lo hizo a las 6:40. Un golpe de suerte si no tenemos en cuenta que ese bus era el que salía a las 6:10 de su origen.
Llegué a la estación de autobuses a las 7:30. Fui a O’Connell Street a desayunar en un café que siempre está lleno de jubilados, en plan autoservicio. Un chocolate y un bollo que tenía una pinta estupenda, y volvemos a la estación.
La gente llega tarde y tememos no tener sitio en el bus al ver una ola de unos 15 metros. Por suerte podemos sentarnos, aunque no juntos.
Dos horas de viaje – y varias fotos con la boca abierta – después, estamos en Belfast.
La belleza de Belfast se condensa en una palabra: Arquitectura. Iglesias, catedrales, e incluso un reloj – que llamé Little Ben por su parecido con el de Londres – hacen delicias a la vista.
En el ayuntamiento estaban haciendo el concurso de “El Hombre más fuerte del Reino Unido” – recordemos que Irlanda del Norte, Ulster, pertenece a Inglaterra, lo cual ha sido fuente de conflictos durante muchísimos años.
Vimos parte del Jardín Botánico, y ahí fue donde comimos jamón de cerdo VIP irlandés. Asqueroso, la verdad.
Mucha lluvia, como casi siempre en Irlanda, y unas camas poco por encima de lo aceptable en el Ark. Al día siguiente a las 6 en punto me tocaba levantarme para coger billetes para The Giants Causeway.


